Ayer al atardecer, los talleristas salieron en dos grupos a buscar algo banal para volverlo interesante: a ejecutar la lección de ayer. Salieron a mirar. Unos al centro de Caracas: la “esquina caliente” de la plaza Bolívar y, la plaza Andrés Eloy Blanco, el otrora bastión de Lina Ron. Otros, al bulevard de Sabana Grande desde la plaza Brión de Chacaíto hasta el Callejón de la Puñalada.
Lo que hagan con eso viene más tarde.
Ahora, sin rezo inicial, el maestro abre la sesión con la revisión del ejercicio pendiente de la víspera, que sus estudiantes leen en voz alta. Es una crónica fallida que los talleristas reescribieron.
Aparte de las observaciones individuales, Hector Abad reparte otras lecciones: que a veces cuando uno trata de hacer algo demasiado bien se le va la mano con la sofisticación. Que cuando un personaje de una historia es muy fuerte, la experiencia del cronista debe pasar a un segundo plano. Que el lector suele tener poca paciencia para descifrar jeroglíficos o armar rompecabezas del texto.
SLP