Dijo fue un gusto y dijo gracias

14 diciembre 2009

“La claridad del periodismo les va a servir mucho para escribir literatura si quieren hacerlo – cerró Héctor Abad la tarde, la última del taller–. El apego a la verdad del periodismo les va a dar verosimilitud a las historias que van a escribir en literatura, si algún día incursionan en eso”.

Esta tarde, la última, el maestro dijo fue un gusto estar con ustedes, espero que nos volvamos a encontrar. Dijo gracias (los ojos sonrientes, la voz baja). Y vino el aplauso.

Sandra Lafuente P.

Lo ganado en el camino

11 diciembre 2009

Hoy hace trampa y lee la oración del día, porque no la sabe de memoria. Es una versión que él mismo hizo de muchas de las traducciones que ha leído de ese rezo, que es “Ítaca”, de Constantino Kavafis.

(…) Pide que tu camino sea largo.

Que numerosas sean las mañanas de verano

en que con placer y alegría

arribes a bahías antes nunca vistas.

Detente en los emporios de Fenicia

y compra hermosas mercancías,

madreperla y coral, y ámbar y ébano,

perfumes deliciosos y diversos,

invierte cuanto puedas en delicados y voluptuosos perfumes.

Visita muchas ciudades de Egipto

y con avidez aprende de sus sabios.

Lleva siempre a Ítaca en tu pensamiento.

Llegar allí es tu destino.

Mas no apresures el viaje.

Mejor que se extienda muchos años

y en tu vejez atraques en la isla

enriquecido con lo ganado en el camino

sin esperar que Ítaca te enriquezca.

(…)

“Espero que este viaje de ustedes (a Caracas, al taller) los enriquezca algo, les sirva de algo. Mi intención no era enseñarles a escribir sino darles algunas herramientas más de mi experiencia con la escritura”. Héctor Abad Faciolince se va despidiendo.

Los talleristas salieron a mirar hace dos días y esta mañana, y de eso tendrán que escribir como un ensayo de crónica final.

Pero antes las preguntas.

Y las respuestas del maestro, las últimas lecciones del taller:

  • Las columnas de opinión deben tener un solo tema. Más vale repetir la misma idea con otras palabras.
  • Lo importante para un columnista es el promedio. Como con los bateadores: unas cuantas veces uno es capaz de hacer un hit y, si tiene suerte, puede que la bote del estadio. Otras se poncha, pero hay que seguir bateando.
  • En una columna de opinión, hay que tratar de sorprender con temas distintos, con posiciones no demasiado políticamente correctas. “De vez en cuando hay que pegar duro un puñetazo en la cara; si uno no tiene fuerza no lo respetan. Uno tiene que ser capaz de morder y de sufrir las consecuencias de morder”.
  • “Nunca escriban gratis. El trabajo intelectual debe ser recompensado. Háganse pagar siempre, así sea una cifra simbólica”.
  • “Siempre habrá momentos en que uno se sienta intimidado (con un personaje que tenga poder). Si uno está conciente de qué lo hace sentir intimidado, domina mejor esa ansiedad y hace una pregunta más equilibrada. Es bueno, así sea con la voz temblorosa, decirles algo hablando durito, que les indique yo a ti no te tengo mucho miedo”.
  • Sacar a los personajes de una crónica o un perfil de su contexto y llevarlo a una situación cotidiana les baja las defensas. Entonces conversa.
  • “La experiencia del fracaso es fundamental en cualquier ser humano y en un escritor, mucho. La vida está hecha de fracasos”.

Héctor Abad Faciolince se va despidiendo.

Sandra Lafuente P.

El beso

11 diciembre 2009

Un beso gris, las cenizas del beso. El primero. Dos lenguas anudadas que flotan en un mar. Definiciones del beso: la explosión química. Instrucciones para darlo, no se abalance. El preludio, el suspiro. Beso con babita de bebé y onomatopeya. El beso que no fue. El Big Bang, el Atlántico.

Con esos contenidos, los talleristas hicieron el ejercicio que el maestro asignó ayer por la tarde: describa un beso que parezca vivido y sentido.

SLP

“Ese muchacho no soy yo”

11 diciembre 2009

“Vivo y borro”. Anoche, en un conversatorio, Antonio López Ortega le había preguntado por su recuerdo más remoto y Héctor Abad Faciolince dijo eso. Dijo que tiene una memoria pésima. Así, en superlativo.  “Siempre he vivido este horror del vacío de mi pasado”. Dijo eso el hombre que tiene siempre una referencia en la boca, el que ha abierto todas las sesiones del taller recitando de memoria varios poemas distintos, sin titubear. Pero para él eso es muy poco abona la mañana siguiente, nada para tanto que ha leído desde sus quince años.

“Uno recuerda las cosas según como las contó la última vez que las contó. Yo no confío en el recuerdo”, seguía diciéndole a López Ortega y al auditorio. Pero respondió la pregunta: él en la misma casa en la que vivió durante sus primeros veinte años; él en el mismo cuarto con sus hermanas, nunca una cama fija; él en la ducha con ellas, mientras su madre los bañaba, ellas desnudas, él en calzoncillos para tapar su órgano diferenciador.

Fue por sus hermanas, mayoría indoblegable en aquella casa que hablaban mucho, primero, mejor, que Abad Faciolince, mal conversador, comenzó a escribir para comunicarse . “Escribir fue una manera de vengarme”.

El olvido que seremos, el libro dedicado a su padre (su obra más exitosa), no tiene nada de ficción, según su autor, pero él llenó los baches de sus recuerdos con lo que le contaron los testigos, con lo que revisó en su diario personal. Que está escrito con la letra de un Héctor Abad de veinte años: “Ese muchacho que leo en el diario no soy yo. Por eso no me da pena escribir cosas en El olvido que seremos, porque ese muchacho no soy yo. Siento que estoy escribiendo sobre otra persona”.

Sandra Lafuente P.

Que las palabras tengan la fuerza de la vida

10 diciembre 2009

Como a Héctor Abad le gustan las citas y sabe muchas de memoria  —versos—, el próximo ejercicio tiene un prefacio:  unas líneas de Santa Teresa de Ávila, otra poeta de la propia lengua. “Las palabras precisas y verdaderas tienen el mismo poder de los actos”.

“Los escritores  —y Abad ya no cita pero parece que siguiera declamando—tenemos que ser capaces de que las palabras logren producir unas sensaciones tan fuertes, tan completas, que sean casi del mismo tamaño de los actos, que sean como vivir algo”.

Eso es lo que quiere que los talleristas lleven a la hoja en blanco, ahora que les toca, en un párrafo, describir un beso.

SLP

“Ayer se fue; mañana no ha llegado”

10 diciembre 2009

“Para escribir hay tres cosas fundamentales –dice antes del receso– la primera es vivir intensamente, lo otra es leer y la otra es la experiencia del amor. Bueno, son cuatro: otra fundamental es la de la muerte”.

Y esto va siendo un taller de escritura: experimentos con estilos sintácticos, subtextos en diálogos, la sinestesia.

Ahora sí recita, pues, el rezo de esta mañana. Tres oraciones del Siglo de Oro español. Francisco de Quevedo.

Sobre la lectura: (…)Las grandes almas que la muerte ausenta/ de injurias de los años, vengadora, / libra, ¡oh gran don Josef!, docta la imprenta/ En fuga irrevocable huye la hora;/ pero aquella el mejor cálculo cuenta,/ que en la lección y estudios nos mejora.

Sobre vivir y morir: (…)Ayer se fue; mañana no ha llegado; /
hoy se está yendo sin parar un punto;/
soy un fue, y un será y un es cansado. / En el hoy y mañana y ayer,/ junto
pañales y mortaja, y he quedado/
presentes sucesiones de difunto.

Sobre el amor: (…) Es hielo abrasador, es fuego helado, /es herida que duele y no se siente, / es un soñado bien, un mal presente, /es un breve descanso muy cansado (…)

Se apaga la solemnidad de su voz, entonces se emociona y  nos manda a todos a seguir rezando: a seguir leyendo poesía, para mejorar el lenguaje. “Lean poetas de su propia lengua y de su propio país”.

SLP

Comienzo laico

10 diciembre 2009

Ayer al atardecer, los talleristas salieron en dos grupos a buscar algo banal para volverlo interesante: a ejecutar la lección de ayer. Salieron a mirar. Unos al centro de Caracas: la “esquina caliente” de la plaza Bolívar y, la plaza Andrés Eloy Blanco, el otrora bastión de Lina Ron. Otros, al bulevard de Sabana Grande desde la plaza Brión de Chacaíto hasta el Callejón de la Puñalada.

Lo que hagan con eso viene más tarde.

Ahora, sin rezo inicial, el maestro abre la sesión con la revisión del ejercicio pendiente de la víspera, que sus estudiantes leen en voz alta. Es una crónica fallida que los talleristas reescribieron.

Aparte de las observaciones individuales, Hector Abad reparte otras lecciones: que a veces cuando uno trata de hacer algo demasiado bien se le va la mano con la sofisticación. Que cuando un personaje de una historia es muy fuerte, la experiencia del cronista debe pasar a un segundo plano. Que el lector suele tener poca paciencia para descifrar jeroglíficos o armar rompecabezas del texto.

SLP

La oración de la mañana

9 diciembre 2009

Él lo llama “el rezo”: como ayer, inaugura el día con unos versos que archiva en la memoria, unos que se repite a sí mismo como un mantra, no por su miedo a los aviones, sino porque le gusta.

El poema de esta mañana es del catalán Jaime Gil de Biedma, más contemporáneo que Machado.

Héctor Abad baja la voz, mira al auditorio casi inmóvil, el pecho abierto:

Que la vida iba en serio

uno lo empieza a comprender más tarde

-como todos los jóvenes, yo vine

a llevarme la vida por delante.

Dejar huella quería

y marcharme entre aplausos

-envejecer, morir, eran tan sólo

las dimensiones del teatro.

Pero ha pasado el tiempo

y la verdad desagradable asoma:

envejecer, morir,

es el único argumento de la obra.

Entonces sonríe. Habla de por qué prefiere no decir quién es malo o quién es bueno entre sus estudiantes. “Tenemos que ser capaces de descubrir la música de la que somos dueños”, parafrasea el último verso de un soneto de Jorge Luis Borges que también recita.

Ya está listo para ponerlos a trabajar, con otro mantra: “Son infinitas las maneras de contar una historia/de lo más banal se puede escribir algo interesante”. El texto sagrado es Ejercicios de estilo, de Raymond Queneau: a partir de anotaciones sobre eventos de un personaje cotidiano en un autobús de la ruta S y en la estación Saint-Lazare de París, el autor aventura noventa y nueve maneras de contarlos.

A los talleristas les toca ahora escribir otras catorce, pero con un recurso literario que se llama sinestesia, la combinación de palabras que se refieren a sentidos diferentes pero que juntas producen un solo efecto sensorial. “Olfateaba el tiempo”, “la gula con que miraba su sombrero”.

Sandra Lafuente P.

Esa frase

9 diciembre 2009

Las palabras quedaron sonando en la cabeza de varios talleristas: “Al periodista le toca escribir una historia tan buena que pareza mentira; al escritor de ficción le toca contar una historia tan buena que parezca verdad”.

Lo dijo el maestro, cerca del cierre de la sesión de la tarde, en medio de las observaciones al último ejercicio.

La frase regresó anoche, en la tertulia de aquella mesa, con las cervezas y las arepas.

Sandra Lafuente P.

Ahora sí comenzó el taller

8 diciembre 2009

Durante buena parte de la tarde, los talleristas y el maestro revisaron en conjunto los primeros ejercicios.

Vinieron entonces las críticas, un ejercicio de editoría con el que Abad Faciolince dejó un manojo de lecciones:

  • No conviene escribir con las palabras de los políticos o los burócratas, que nunca hablan en lenguaje literario o periodístico. El lenguaje sencillo, tan despreciado, es el más poético y el más claro.
  • Hay que ser generoso con el lector para que él, que no tiene los elementos, entienda rápido. Hay que hacerle las cuentas, facilitarle las cosas.
  • No hay que tener miedo a repetir palabras, sobre todo sin son sustantivos. Si alguien tiene un cuchillo y acuchilla a alguien, ese cuchillo tiene que seguir siendo cuchillo en el mismo párrafo.
  • El final es tan importante como el comienzo. Si logramos que el lector llegue hasta allí no le podemos dar cualquier cosa. El punto final tiene que dejar el tono de todo el artículo.
  • Una cualidad de un buen escritor, y también de un buen periodista, es ser capaz de salirse de sí mismo, meterse en los pantalones del otro, y hablar como si fuera la otra persona.
  • Siempre hay que encontrar un equilibrio entre la cantidad de información y la cantidad de recursos literarios que se usan para que el lector quede enganchado.
  • Toda historia se juega en los detalles: uno entiende lo que está pasando en un sitio gracias a ellos, son los que le dan sabor a la escritura.
  • Los finales, las frases, los títulos le pueden a uno caer del cielo. Lo que hay que tener es una canasta muy grande para que caigan donde es.

SLP